A todos nos gustaría arreglar el mundo. Hacerlo mejor. Pero creo que a este mundo le sobran arreglamundos.

No hay que rebuscar mucho. Mientras desayunas en la cafetería, en la cola de cualquier supermercado, hablando sentados en una terraza cuando paseas… ahí están. Normalmente incluso tienen un tono de voz algo más alto de lo habitual, con esa falsa autoridad que les otorga sentirse dueños de la conversación. Los arreglamundos.

Los arreglamundos normalmente hablan sentados. Cómodamente sentados. Los arreglamundos tienen muy claras las cosas. Saben cómo poner todo en su sitio, cómo arreglar pandemias, cómo ajustar el mercado laboral, o cómo gestionar los nacionalismos de manera impecable.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, los arreglamundos no saben como arreglar cosas mucho más pequeñas como su propia vida laboral, familiar o sus propias condiciones económicas.

Hoy, en Por qué no Decirlo, hablamos de los arreglamundos de sofá.

 

Debemos incentivar el espíritu crítico… esa es una idea que siempre nos han inculcado y que yo también apoyo.

No debemos ser conformistas y dar muchas cosas por hecho. El problema que hoy nos ocupa es mover ese espíritu crítico desde una actitud pasiva. Es decir, andar todo el día con el “si me dejaran a mí, iba a arreglar esto pronto”, pero cómodamente sentado en el sofá o echando una caña, sin mover un pelo.

Además, cuando normalmente uno contesta a cualquier arreglamundos, “oye, pues trabaja para ello, trabaja para arreglar el mundo como dices..”, las respuestas sueles ser de perfil bajo, sin demasiada complicación… una muy típica: “que lo hagan los políticos que para eso les pagamos”… y con eso dan por cerrada la discursión.

Y ese es uno de los muchos errores que comenten los arreglamundos de sofá. Pensar que ellos saben cómo hacer las cosas, pero que no pueden, porque no les dejan, o porque no cobran para eso.

Realmente el mundo no necesita que cada uno de nosotros seamos grandes mentes privilegiadas ni premios nóbeles… nuestras contribuciones no tienen que ser muy complejas. Es un tópico, pero no por ello deja de ser cierto… las grandes cosas se construyen a base de granitos de arena.

Lógicamente, si fuéramos capaces de coordinarnos y esforzarnos para ofrecer cada uno un poco de nosotros mismos pondremos en marcha cadenas muy largas y muy efectivas para cambiar las cosas.

Pero claro, mucho más cómodo es juzgar, descalificar, e incluso insultar. Desde el sofá. Desde la barra de un bar.

Los arreglamundos pertenecen a esa categoría especial de humanos que tienen sistematizado señalar lo que falta o funciona mal en cualquier ámbito. Además, se suelen retroalimentar entre ellos. Porque todos vemos que a veces estas figuras no encuentran alguien que preste sus orejas a sus tonterías, pero en otras ocasiones encuentran la horma de su zapato en ese otro personaje que asiente, lefer da razón o incluso aporta sus propias teorías socioeconómicas para el asunto tratado.

Y así, entre que se salen a echar un cigarro y se piden otra caña, te arreglan en dos días el paro y la crisis de las pensiones para los próximos 20 años. Además, como siempre tendrán temas de Ana Rosa puestos en la televisión para ir alimentándose, los arreglamundos empezarán a rumiar sus ideas… vuelven una y otra vez a sus pensamientos, pensando y repensando las mismas imágenes o ideas.

Además, por desgracia son muchos. Los arreglamundos campan a sus anchas en redes sociales, donde están como peces en el agua, en parques, bares y cualquier foro que no les interrumpa con algo de criterio.

Y el problema, que siempre ha existido, podría quedar en la anécdota. Son seres que no aportan nada o muy poco a la sociedad, pero que generalmente tampoco la perjudican. Sin embargo, últimamente tengo la sensación de que los arreglamundos, además de en las redes sociales, se están colando en hemiciclos, conserjerías, delegaciones y otros ámbitos parecidos.

Hay una actitud que en muchos casos acompaña al arreglamundos: la fanfarronería. Muchos de estos humanos son unos fanfarrones. Porque critican, arreglan el mundo, con aires de grandeza aunque ellos mismos anden por el barro. Y esa fanfarronería, como síntoma de un arreglamundos crónico, es la que veo últimamente en gente que no debería.

Quizás haya dado la impresión de hablar de los arreglamundos como seres marginales, olvidados en bares de barrio obrero… pero no, están donde no deben estar. Están en algunos casos muchos escalones por encima en la sociedad.

No recordáis a Trump diciendo más en serio de lo que muchos pensamos que lo mismo había que beberse el desinfectante y así matábamos al coronavirus. Ahí tenemos el máximo exponente de lo que estoy comentando.

Porque sí… así es … en las formas, en las maneras, algunos políticos parecen más fanfarrones de taberna que individuos formados, informados y sobre todo, ejemplos a seguir. … ¿quieren ustedes acabar con la inmigración ilegal? … pues voy a hacer un muro alto…. muy alto… sujétame el cubata!!…

Pues eso… de ahí, hacia abajo. Calando en todas partes. Lo mismo es una visión muy subjetiva mía, pero conforme vamos teniendo una sociedad más acomodada, esta se vuelve más gruñona, más avinagrada de carácter.

A lo mejor siempre hemos sido así… más de hablar, más de fanfarronear, que de actuar. Sin embargo, en la sobreinformación actual, con internet, noticias 24 horas y redes sociales, está mucho más presente.

 

Hablamos de arreglamundos, hablamos de simplistas modos de arreglar nuestra sociedad…el pensamiento simple, la simplificación de las cosas.

De manera habitual, el simplificar las cosas nos lleva a menos quebraderos de cabeza, a menos esfuerzos, a menos trabajo.

Casi todos los días, por algún medio telemático o de manera presencial, se nos aparece un experto que pretende darnos la clave de la crisis financiera, económica o política que padecemos. Temas tremendamente complejos, con múltiples e impredecibles variables, son simplificados y arreglados de un solo plumazo.

¿qué podemos hacer para no favorecer o combatir a los arreglamundos? … hombre, si vemos alguno intentando encaramarse a la carrera política, no votarlo, pero si lo tenemos más a mano, a nivel vecino o compañero de trabajo quizás sea más complicado.

Convencer a un arreglamundos es muy complicado porque combatir una creencia desde la razón es prácticamente imposible. El elemento toma por acto de fe, da por hecho, lo que puede ser solo un cuento o una simple charlatanería.

¿No os da la impresión de que quien tiene la fórmula secreta para terminar con el paro es el que menos trabaja del barrio? ¿No pensáis que el que os cuenta que hay que terminar con todos los diputados y senadores porque son todos unos ladrones es a veces el mismo que no ha pagado en su vida los impuestos que le corresponden, ni ha hecho ni una sola factura en muchos de sus trabajos?

En España, entre 1983 y 1985 hubo un programa en La 2 presentado y dirigido por Fernando García Tola que se llamó “Si yo fuera presidente”. Si buscas por YouTube podrás encontrar fragmentos de este espacio. En ese programa se daba voz a peticiones, quejas y otras charletas haciendo honor al nombre del programa… ¿os imagináis que haríais si fuerais presidentes? Serías capaz de arreglar el mundo si realmente tuvieras el poder? .. serías capaz de poner de acuerdo a todos aquellos que llevan décadas en desacuerdo?…

Sería muy dificil…

.. por eso, voy a intentar cerrar de nuevo este círculo, este pequeño rato,
con la reflexión que hacía al principio… no debemos aspirar a terminar con el hambre en el mundo, nos frustaremos y no lo conseguiremos, pero si debemos de aportar nuestro granito de arena a las causas que creemos que merecen la pena.

Echaremos mano de una frase atribuída a Eduardo Galeano, “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”… y esa frase la escuchamos en nuestra pequeña ciudad de Albacete en boca del hombre que encarnó el perfecto ejemplo a seguir ante los arreglamundos que nos invaden:

Os voy a hablar del capitán optimista… El pediatra Antonio Cepillo era el capitán optimista. … un médico albaceteño que recetaba a sus pacientes la mejor de las medicinas: la risa. Sus espectadores y compañeros de reparto eran niños… pequeños niños hospitalizados en la planta de Oncohematología Pediátrica del Hospital General de Albacete.

De su chistera, El Cepi, como también fue conocido, salieron pequeñas grandes propuetas… como por ejemplo, Los Guachis, un proyecto de animación de este hospital que trabaja con niños que padecen cáncer, moviliza a pacientes, familiares, voluntarios y a profesionales sanitarios.

Todo con un objetivo: olvidar la enfermedad o, al menos, dejarla aparcada durante un rato para divertirse y acumular fuerzas para seguir luchando. Antonio, más conocido como Cepi, era alguien especial, también el mejor embajador guachi con una nariz de payaso puesta a lo Path Adams para animar a los niños enfermos de cáncer..

Los reveses de la vida hicieron que a el capitán optimista le encontraran un tumor en 2016 y que falleciera también de cáncer el pasado año 2019 con tan solo 36 años de edad… estuve presente en una de sus últimas apariciones públicas, en la que una vez más echó mano de la frase de Eduardo Galeano.

 

Las vidas perfectas de internet y las redes sociales